Ella se debate entre el sentir y el pensar, entre la calma y el impulso, la sumisión o el poder. Mira a su alrededor y envidia la ingenuidad y candor de algunas, el arrojo y empuje de otras, extrae y sintetiza en un modelo, un modelo imposible pues cambia tanto como su propia concepción de los sentimientos. Está predestinada a desdoblarse y someterse a la inestabilidad de una balanza.
Ahora cree que puede comerse el mundo, minutos después camina cabizbaja para hacerse notar lo menos posible. Lo que en su cabeza sonaba increíble, expira antes de llegar a ser pronunciado y no consigue llegar al punto justo de espontaneidad, siempre demasiado forzado, siempre demasiado reprimido.
Sabe que le debe a alguien un relato que se quedó a medias, pero tiene miedo de seguir escribiendo, quizá porque teme que no sea tan perfecto como se espera, como ella espera. Traduce así su pánico a hacer lo equivocado y perder lo que ha labrado con tesón y esfuerzo. Pues nunca ha sido excesivamente asustadiza hasta que dejó de estar al margen y está viendo el resultado de sus acciones en el transcurso de la historia. Ahora tiene miedo prácticamente de todo e incluso se aterroriza de sus propios temores.
Y no sabe si es que se siente responsable o dependiente... cosas de la dualidad.
Vaya, buscando textos antiguos, se descubre que hay cosas que nunca cambian. Eso viene determinado, ¿no? La genética o quizá el horóscopo.
A propósito de palabras
Hace 3 días
